jueves, 5 de agosto de 2010

Saber guardar las distancias...

Y hoy voy a hablar, bueno no, a escribir de los extraños y su afan por la cercanía. Debo confesar que siempre me molestaron estos comportamientos de la gente en espacios públicos, pero la persona que me llevó a reflexionar sobre ello fue una amiga de una amiga.

A ver, quisiera que alguien me cuente, si es tan amable ¿por qué si hay lugar en el pasillo del subte (cuando magicamente hay lugar) tienen que pasar pegados a uno y empujar? ¿Para qué acercarse tanto a alguien que no conocés?

Situación número 2: Me agarro del caño del colectivo para no caerme. Viene otro individuo y se agarra del caño también. Hasta ahí vamos bien porque el caño es lo suficientemente extenso como para albergar dos manos. Pero ¿le pueden avisar a ese otro individuo que el caño tiene una cantidad increible de espacios para agarrarse mejores que el que está pegado a mi mano?

Y un ejemplo más, la fila del colectivo. Hola, yo soy Gabi y tengo una gran noticia para darte a vos que estás parado atrás mío: ¡Tenés toda la cuadra! ¿Es necesario que te pongas taaaan cerca? Digo, porque me resulta poco agradable... Y no solo eso, tengo otra hermosa noticia: Si me corro hacia adelante no es para que te corras conmigo, es para crear un poco de aire libre entre los dos.

Una más y termino. Esto está basada en un hecho más puntual. Quería yo sacar unos pasajes en una sucursal de Plataforma 10 y adelante mío había una pareja que viajaba a San Nicolás (ciudad natal de mi amiga bloggera Lau). Yo esperé mi turno guardando una distancia prudencial tal que no creyeran que estaba tratando de escuchar lo que decían, y que a la vez se supiera con seguridad que formaba parte de la fila. En eso se posicionó otra persona detrás mio. Cerca, muy cerca. Y se movía cuasi rozándome. Respiraba fuerte y llegaban hasta mí sus resoplidos de inconformismo.

Cuando la pareja hubo finalizado su transacción me acerqué para pedir mis pasajes ¡Y a que no adivinan que pasó! ¿Están pensando lo mismo que yo? ¡Bingo! La chica se me pegó atrás. Primer acto: la miro y no se da por aludida. Segundo acto: la miro y no se da por aludida. Tercer acto: la miro y no se da por aludida. ¿Cómo se llama la obra?. Respuesta: ¡¡¡Tenés todo el patio de comidas del abasto!!! Si me quería poner incómoda se llevó el premio. Mientras el chico simpático del puesto me explicaba horarios, empresas, precios, plataformas, salidas, llegadas, etc. lo más rápido posible, la chica seguía resoplando y recontrasoplando en las inmediaciones de mi persona.

Una vez que terminé de adquirir los tres pasajes de ida y los tres de vuelta, saludé al vendedor que me deseó un buen viaje y me regaló una sonrisa. Me di media vuelta para emprender la retirada y me choqué de frente a la chica, que sin devolverme el "uy disculpá" empezó a exigir cosas.

Y yo me alejé, contenta por tener mis pasajes y pensando, ojalá le haya contagiado la conjuntivitis =)






¡He dicho!