Hoy voy a quejarme de los padres descuidados. Esos que dejan a sus hijos librados al azar del destino y no les ponen ningún tipo de límites. Los que permiten que sus hijos hagan lo que se les re cante las bolas y que molesten al resto de la humanidad que nada tiene que ver con ellos. Aquellos que no les dan pelota sus descendencias o no logran manejarlos haciendo que sus accionares repercutan en mi vivir diario.
Así se encuentra uno usualmente con esta clase de personas que no contestan las maravillosas preguntas de sus niños, que no acuden a los gritos que salen de sus gargantas, que los dejan solos en el cine mientras ellos van a ver algo más interesante. Este es un mensaje del Ministerio de Gabi para todos aquellos descriptos anteriormente: Sras. Madres y Sres. Padres de sus hijos: Existen los límites, ¡úsenlos, dan resultado!. Muchas gracias.
Y esta que les va a continuación es solo un ejemplo de lo que puede llegar a pasar cuando una persona no puede controlar a su hijo, o le da lo mismo joder a los demás.
¿Por qué siempre que uno va a hacer un viaje y realmente tiene sueño, hay un niño que llora o grita o está pasado de rosca y no quiere callarse? Pucha digo...
Me subo al colectivo de vuelta de San Nicolás, saludo a Lau y a Mr. Juan que me fueron a despedir a la terminal, ubico mi lugar, me siento y ¡zas! empieza el quilombo. No me deja ni acomodarme en mi sitio que ya se escuchan los gritos. El niño llora. La madre intenta calmarlo. El padre duerme (claro, el sr. ya estará acostumbrado a los chillidos de su bebés, pero los demás no). El pequeño engendro sigue gritando y ahí es cuando su progenitora, cansada de probar opciones poco exitosas decide cantar. Yo no se si es peor escuchar los gritos del nene o el canto de su madre. Si me hubieran dado a elegir, no se que hubiera hecho. Por suerte, muy mala suerte, no tuve más remedio que escuchar los dos juntos, ya que evidentemente el niño no quería que su madre le cantara.
Después de dos horas de intentos fallidos por calmarlo y casi a 30 minutos de llegar a Retiro, se le iluminó la lamparita a la dueña del sujeto emisor del insoportable ruido y decidió darle de comer.
¡El pueblo agradecido!